Sentado en la ventana de mis ojos...

La autodisciplina, o el dominio propio.

06.07.2009 13:53

(estudio elaborado para el curso de "Homilética", Diplomado en Estudios Bíblicos, UNAB, julio de 2009).

“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Ev. Sn Juan 14:15).

El texto que sirve como base para este estudio es una frase del propio Jesús, registrada en el evangelio escrito por el apóstol Juan, el “discípulo amado”. Juan se caracteriza por abordar la vida, obra y enseñanzas de Jesús desde una perspectiva eminentemente teológica. Él recopilará todos los antecedentes necesarios para mostrar, tanto a judíos como a gentiles, que Jesús es Dios mismo, y que da vida eterna a todos quienes creen en él. Se interesará menos en los aspectos relacionados con su vida terrena (como los hechos de su nacimiento e infancia), y mucho más en tratar en interpretar su vida y enseñanzas como pruebas de su naturaleza divina, como el “Verbo encarnado”.

Por ello, no es de extrañar que en el evangelio de Juan (entre los capítulos 13 y 17) se encuentre relatado, con lujo de detalles, uno de los eventos más íntimos de Cristo en su relación con los apóstoles, como fue la última celebración de la pascua judía. Es así como, en un escenario de profundo recogimiento, y una vez salido Judas de en medio de los apóstoles, Cristo comienza a entregar sus últimas enseñanzas respecto de cómo debían comportarse en el mundo luego de su muerte. Les entregaba, además, promesas certeras de cómo seguiría preocupado de ellos, aun cuando no en la forma física a la cual, quizás, estarían ya acostumbrados. Señala que llegaría sobre ellos el Consolador, el “alentador”, el Espíritu Santo, quien les recordaría todas las cosas sobre él, y les proporcionaría la fuerza espiritual necesaria para poder llevar a cabo un poderoso ministerio evangelístico. A la vez, les alienta asegurándoles la posibilidad de vencer sobre todo enemigo de Cristo o cualquier influencia de maldad, tanto en el plano exterior como en su plano interno.

En medio de estas preciosas enseñanzas, se encuentra la frase: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. Con esta frase, Cristo indica que el atesorar y cumplir sus mandamientos serían una condición para que llegara el poder del Espíritu Santo a sus vidas. Además, explicita que el “guardar los mandamientos” no debe ser una respuesta de miedo ante un posible castigo, sino una respuesta del alma del hombre que se conmueve frente al gran amor de Dios, y que no tiene otra alternativa que rendirse ante Él, y hacer lo que Dios le pide.

Sin embargo, también deja claramente establecido que la responsabilidad de “guardar los mandamientos” es del propio hombre. Dios no está prometiendo ser un guardián “anti-pecado” que se meta a la fuerza en la mente del hombre, para obligarle a tomar las decisiones correctas. Muy por el contrario, establece que es el propio hombre quien debe decidir “guardar los mandamientos”, como respuesta al amor que Dios le entrega.

 

El dominio propio: una definición.

El “dominio propio” puede ser definido como la capacidad humana de guardar los mandamientos de Dios, es decir, para comportarse según la voluntad que Dios tiene para el hombre, la cual está expresada en los escritos bíblicos. El apóstol Pedro, en su segunda carta, señala que el “dominio propio” es una de las características que, “con diligencia”, todo genuino cristiano debe añadir a su forma de vivir, a fin de “no caer jamás” y tener así entrada “en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:3-15).

Debe recalcarse que el dominio propio debe ser una característica de los creyentes. Claramente, una persona que ha aceptado el sacrificio expiatorio de Cristo es regenerada (2 Corintios 5:17). No obstante, el hombre, aun cuando regenerado o “nacido de nuevo” (Juan 3:4-5), sigue habitando en una naturaleza pecaminosa, encerrado en un “cuerpo de muerte” (Romanos 7:24). Por ello, el creyente necesita generar una capacidad para evitar el pecado, para dejar atrás al “viejo hombre” (Romanos 6:6; Efesios 4:22; Colosenses 3:9).

Por lo tanto, el “nuevo nacimiento” se debe manifestar en un cambio de vida, que puede ser gradual o radical, pero que debe existir. De hecho, el mismo Cristo señala que, si el hombre no “nace de nuevo”, no podrá ver el Reino de Dios (Juan 3:5); es decir, no podrá ni entender ni recibir las maravillosas enseñanzas que están registradas en la Palabra de Dios, por lo cual su vida espiritual, o bien muere, o bien se ve tronchada, y no puede ni desarrollarse ni crecer.

 

Analizando la propia conducta.

El apóstol Pablo manifiesta que el auto examen de la conducta permite que el creyente se libre del juicio que Dios mismo realiza sobre las criaturas que ha reconocido como hijos, mientras éstas viven. Por medio de este juicio, Dios permite que sus hijos pasen por diversas enfermedades u otras dificultades, que incluso le podrían acarrear hasta la muerte (1ra de Corintios 11:30-32), con el sólo fin de corregirles interiormente, desde el corazón, para que no pierdan “una salvación tan grande” (Hebreos 2:1-3).

Por otro lado, la autocorrección se puede conseguir cuando el hombre se enfrenta con honestidad, sencillez y humildad frente a la Palabra de Dios, con el único fin de poder corregir los errores o “perfeccionar la santidad” (2da Corintios 7:1) que Dios mismo le ha otorgado al momento de que lo recibe como hijo, esto es, en el momento de su conversión. Y la voluntad de Dios es, justamente, que dejemos atrás todo pecado que nos asedia, para tratar de acercarnos lo más posible a la “estatura del varón perfecto” (Efesios 4:13). Dios no desea que sus hijos estén estancados en una vida de pecado, porque los liberó, justamente, para no estar encadenados al mal (Romanos 6:12-18; 8:1-17). Por lo demás, si así fuera, el hombre corre el riesgo de estar rechazando la salvación, situación en la cual no queda otro destino que el lago de fuego ardiendo, sin importar los pocos o muchos años que lleve como “creyente” (Hebreos 10:26-39).

 

Cómo trabajar la autodisciplina

Si bien la Biblia no indica explícitamente un conjunto de “ejercicios” o “manual” para trabajar el dominio propio, hay algunos pasajes que nos dan luces a este respecto, y los comentamos a continuación:
 

  1. Hay que tomar una decisión: “arrepentirse” no es “convertirse”. En el libro de los Hechos, Pedro insta a los judíos a que se arrepientan (es decir, que se acongojen genuinamente de sus malas acciones y expresen el deseo de no hacerlas más) y se conviertan (es decir, pasen del deseo a la acción). Por lo tanto, vuelve a enfatizar que el hombre debe tomar una decisión a este respecto (Hechos 2:38).
  2. Disciplina y constancia física y espiritual. La Biblia compara al cristiano con un deportista, quien deja todo para obtener el premio final (Hebreos 12:1). En este contexto, el estudio periódico y constante de las Escrituras se presenta como práctica de disciplina espiritual que todo cristiano debiera estar constantemente realizando (Colosenses 3:1-16), la cual debe ser complementada con la constante oración (Efesios 6:11-18). Cristo además, deja entrever que el ayuno también nos ayuda a tener una relación más firme en cuanto a preservar la pureza y ser así instrumentos en las manos de Dios (Mateo 7:21; Marcos 9:29; 2da Timoteo 2:20-21). En resumen, debemos “ejercitarnos para la piedad” (1ra Timoteo 4:7-8).
  3. Mantener la pureza de mente: “En todo lo puro, en esto pensad” (Filipenses 4:8). Debo alejar de mi toda influencia externa (y la lista puede ser enorme) que lleve a mi mente a las cosas impuras, o incluso poco amables.
    4. Si Cristo nos hizo libres, nada nos puede dominar. El hombre que ha sido hecho libre por Cristo no puede ser dominado por ninguna costumbre ni por elementos físicos. De esta manera, se nos muestra que un hombre “nacido de nuevo” no debiera tener vicios (1ra Corintios 6:12-20).
  4. Tener claro que es una batalla contra nuestra naturaleza. El mismo apóstol Pablo compara a la vida en el Evangelio como “la buena batalla de la fe”. Batalla, en este contexto, es equivalente a una lucha interna (1ra Timoteo 6:12). Cristo nos dice que, si queremos ser sus discípulos, debemos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle (Mateo 16:24; Marcos 8:34; Lucas 9:23).
  5. Resistir: Cuando llegue la tentación, Dios nos aconseja de una sencilla forma: “Resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).
    No obstante todo lo anteriormente revisado, es necesario volver al punto inicial: no hay disciplina ni práctica personal que pueda ser confirmada por Dios si no contiene lo esencial, que es el amor a Dios. Sin esta componente, cualquier cosa que el hombre haga pasa a ser sólo un metal que resuena, o címbalo que retiñe (1ra Corintios 13:1)

 

Conclusión

La evolución de nuestra cultura ha llevado a que gran parte de la sociedad, lentamente, se despreocupe de la autodisciplina. Prima la diversión, el egoísmo, la autosatisfacción y la sensualidad, por sobre la moral, el respeto o los principios. Por ello, es aún más relevante saber, en primer lugar, que Cristo espera de mí una conducta que se asemeje a la de él. Nos dice: “sed santos, porque yo soy santo” (1ra Pedro 1:16). Vale decir: dado que él es santo, y yo soy su seguidor, entonces yo también debo ser santo. A veces, cometemos el error de no preocuparnos de nuestra conducta, adormeciendo nuestra conciencia frases como ésta: “…Dios me perdona, porque Él sabe que yo soy débil…”. En otras ocasiones, no nos comparamos frente a la Palabra de Dios, sino frente a mi hermano, o incluso, frente a la sociedad, bastándome ser mejor que aquellos (en mi propia opinión) para sentir una sensación de tranquilidad que, a la postre, resulta ser falsa. Ambos son graves errores, porque nos desenfocan de lo que debiera ser la principal preocupación: ser cada día más parecido a Cristo. Él nos enseña y nos insta a que seamos busquemos parecernos más a él, a como él se condujo en esta tierra, y nos promete, tal como lo hizo a sus apóstoles, que si guardamos sus mandamientos enviaría al Consolador, para que esté con nosotros para siempre. ¡Qué diferente sería la iglesia si aquellos que decimos amar a Dios guardásemos sus mandamientos!

 

Comentarios: La autodisciplina, o el dominio propio.

No se encontraron comentarios.

Contacto

Juan Pablo Muñoz G.

jpmunozg@gmail.com

Buscar en el sitio

"Soy ya un viejo decadente desde la cabeza a los pies. Mis ojos se apagan; mi mano derecha tiembla mucho; mi boca está ardorosa y seca todas las mañanas; casi todo el día tengo una fiebre molesta; mis movimientos son lentos y débiles. Sin embargo, bendito sea Dios que no aflojo en mi trabajo: todavía puedo predicar y escribir"

John Wesley, 1790, a la edad de 87 años.

© 2010 Todos los derechos reservados.

Crea una página web gratisWebnode